jueves, octubre 29, 2015

Enterrar a los muertos

Tengo que confesar que estoy estomacada después de ver en la televisión a una joven diputada del PP diciendo, con todo el desparpajo del mundo, a los familiares de los enterrados en fosas comunes durante la guerra y postguerra, que dejen en paz a los muertos y que no reabran heridas.

Años llevo diciendo que, afortunadamente, no tengo ningún familiar en una cuneta pero eso no me impide comprender el dolor de las personas que no tienen un lugar donde ir a llorar a sus muertos.

¿Tan difícil es entender que cuando no se sabe dónde están enterrados tus familiares, es imposible hacer el duelo y seguir normalmente con la propia vida? ¿Tan difícil es entender que no se puede “reabrir” lo que nunca se cerró?

Es realmente vergonzoso que España sea el segundo país, tras Camboya, en el que más desaparecidos hay pero es más vergonzoso todavía el empeño del gobierno en esconder la cabeza como el avestruz y, en lugar de condenar lo sucedido y ayudar a cerrar heridas permitiendo a los ancianos que quedan que puedan enterrar con decoro a sus muertos, seguir negando lo que todo el mundo sabe.

Llama más la atención cuando dicho gobierno tiene figuras, tan religiosas, como el Ministro del Interior que, pese a ser del Opus, parece ignorar que una de las obras de misericordia, según la Iglesia Católica, es “Enterrar a los muertos”, claro que no sé de qué me extraño en un país en el que las tres primeras, es decir “Dar de comer al hambriento”, “Dar de beber al sediento” y “Vestir al desnudo” se “olvidan” sistemáticamente sobre todo en los casos de los desempleados y los dependientes.

En fin, que como suele decirse mucho “pésame señor” pero demasiado “sepulcro blanqueado”.

Quiero aprovechar esta nota para rendir homenaje no a los que yacen en las cunetas sino a sus familiares que con tesón, dedicación y amor, y pese a la dictadura, al tiempo transcurrido, al abandono institucional y a todos los impedimentos que encuentran, siguen buscando a sus muertos para reparar una vergüenza que nos alcanza a todos. Y quiero hacerlo con unos versos de Marisa Peña que acabo de oír recitar a una señora de Cangas del Narcea a cuyos padres asesinaron en 1936, cuando ella tenía cinco años, y cuyos huesos sigue empeñada en recuperar.

Mientras me quede voz
hablaré de los muertos
tan quietos, tan callados,
tan molestos.

Mientras me quede voz
hablaré de sus sueños,
de todas las traiciones,
de todos los silencios,
de los huesos sin nombre
esperando el regreso,
de su entrega absoluta
de su dolor de invierno.

Mientras me quede voz
no han de callar mis muertos.

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